Sin red, este viaje (la vida) no tiene sentido

Estos años he reunido un sinnúmero de causas que pueden embellecer o empobrecer un lugar. Entre todas ellas hay una muy especial: la gente.

Acá no me refiero a viajar en grupo o a estar rodeada de gente todo el tiempo. Lejos de eso, trabajar la individualidad y aprender a estar sola es de las cosas más grandiosas y necesarias que existen.

Pero después hay una realidad: somos seres sociales. Necesitamos de otros para existir.

¿De cualquier otro? Pues no.

Y de eso tenía ganas de hablar hoy.

En este mundo tan inmenso, repleto de gente tan diversa y única, está de más aclarar que hay gente a la que le resulta más fácil encontrar una tribu, gente a la que se le hace imposible, gente que prefiere un amigo y después estar sola, gente que, con tal de no saber cómo se escucha el silencio, se adhiere a lo que sea, etcétera.

Para mí, en estos años, ha sido un poco de cada una.

Hablo incluso de cuando vivía en Argentina, que cuando finalmente encontré a mis almas gemelas, decidí partir.

Viajemos al año pasado. Puede que para mí haya sido uno de los más transformadores de mi vida. Viví demasiadas cosas, muy diversas entre sí, pero fue un año particularmente desafiante a nivel vincular.

En febrero decidí irme a Cerdeña, Italia, a trabajar una temporada de verano. Es un lugar donde se puede trabajar y, además, te dan hospedaje sin costo. Para quien planea seguir viajando, es una oportunidad espectacular.

Antes de dejar mi amada Sicilia, le pedí al universo una experiencia sin argentinos.

No porque hubiese tenido malas experiencias con ellos. Al contrario. En Sicilia había tenido algunos de los mejores grupos de amigos de todo el viaje.

Pero quería probar algo nuevo. Es en lo desconocido donde uno halla mayor expansión. Y quería una experiencia en la que solo tuviese que hablar italiano o inglés para poder mejorar los idiomas.

Mamma mía.

Ni puta idea de lo que estaba pidiendo.

Ojo, la idea estaba buena. Pero cuando ya estás llegando a una isla completamente nueva, a una casa nueva, con un trabajo nuevo, compañeros nuevos, todo nuevo... la verdad es que tomarme un matecito con alguien hubiese estado muy bueno. Pero cada uno elige el desafío que está listo para atravesar (aunque sienta que no está listo o que esta vez fue muy lejos).

El idioma lo aprendí; eso no quedan dudas. Pero fue una experiencia bastante dura estar en un lugar donde el 90 % de las personas no sabía ni qué era un mate.

Creo que al segundo día llamé a mis amigos en Sicilia para contarles, bastante angustiada, cómo me estaba yendo. Yo sentía que me miraban como un bicho raro.

Todo era nuevo, todo era distinto y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía esa red que se había ido armando durante mis últimos años de viaje.

Hasta que un día levanté el teléfono y fui a visitar a otro amigo que había hecho en Sicilia y que estaba trabajando en un pueblo cercano.

Tomamos unos mates.Y no pasó nada extraordinario.

Pero pasó todo:

Esa tranquilidad de hablar con alguien sin tener que explicar nada. Sin pensar cómo decir las cosas. Sin tener que traducir un chiste, una referencia, una costumbre.

Esa sensación tan simple de estar con alguien y sentir que, por un rato, estás en casa.

Poco a poco me fue introduciendo a su grupo de amigos. Y ahí pude hacer un equilibrio bastante hermoso: terminé la temporada rodeada de argentinos y de italianos.

Con unos tomaba birras, charlaba y hacía asaditos. Con otros compartía el trabajo, planes y salidas. Con todos compartía la playa, claro.

A mitad de temporada cambié de trabajo y la historia volvió a repetirse, pero esta vez con un grupo de italianos que eran uno mejor persona que el otro. Me incluían en sus planes, me invitaban a salir y tenían ganas de compartir conmigo.

Se los dije mil veces, pero no sé si saben real cuánta alegría le dieron a mi corazón.

Ahí entendí algo que después fui comprobando una y otra vez: más allá de la nacionalidad, de qué parte de Argentina seas o de cuál haya sido tu vida antes de viajar, hay gente que se vuelve tu hogar fuera de tu hogar.

Yo entendí que necesito de esas dos cosas para mantenerme: poder viajar sola y tener mis momentos de silencio y privacidad, como ahora que estoy escribiendo esto, pero también estar rodeada de gente que hace la vida mucho más liviana y alegre y te hace sentir un poco más cerca de casa.

No siempre encontrás a tu gente rápido.

A veces la encontrás y alguno decide seguir viaje.

A veces simplemente están atravesando etapas diferentes y dejan de caminar a tu lado.

Y eso también es parte de viajar.

Al principio del viaje era mucho más desapegada de los vínculos. Sabía que tenía la facilidad de hacer amigos nuevos donde sea que estuviese.

Pero con los años fui haciendo amistades cada vez más hermosas. Y entendí que era momento de cuidar las que ya tenía.

Las que se mueven conmigo. Las que me vuelvo a cruzar en distintos puntos del mundo. Las que se acomodan por las diferencias de horario para ponernos al día.

No todo tiene que ser nuevo todo el tiempo.

Hay vínculos que vale la pena cuidar aunque estés a miles de kilómetros.

Pero volvamos a los “amigos del viaje”… qué locura hermosa.

No conocen toda tu historia, pero resuenan con la versión que sos vos hoy. Por eso son tan eléctricos, frescos e intensos.

De pronto son tu contacto de emergencia, los que tienen tu ubicación en tiempo real, los que pueden aparecer con una birra cuando tuviste un día de trabajo agotador.

Son familia a kilómetros de distancia.

Y quizás por eso los lugares donde viví están tan atravesados por las personas que conocí en ellos.

Quizás por eso creo que el lugar lo hace la gente.

Uno puede viajar al fin del mundo si tiene una red segura donde caer.

Espero que, sea donde sea que estés, la tengas, la encuentres y la cuides.

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no hay expansión si no superas tus miedos.