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Empezar una vida desde cero… Fantasía o realidad?
La pregunta del millón: ¿cómo hacés para empezar una vida desde cero en un lugar nuevo?
Si para muchos ya es difícil imaginar dejar (casi) toda su vida, mucho más difícil les resulta imaginar cómo empezar una completamente de cero.
¿Cómo voy a conseguir trabajo?
¿Cómo voy a hacer amigos?
¿Voy a seguir haciendo las cosas que me gustan?
¿Me voy a adaptar a la comida? ¿Al idioma? ¿Al clima? ¿A la gente?
Mil preguntas que incomodan cuando uno sabe qué es lo que le gusta de su vida y no quiere perderlo.
No voy a mentir: da miedo. Y con razón.
Llegar nuevo a un lugar, sobre todo si llegaste solo o no conocés a nadie, es áspero.
Me acuerdo cuando llegué sola al primer hostel en Perú. Me indicaron mi habitación y, hasta ahí, venía fingiendo relaje y normalidad. Pero una vez que entré a la habitación compartida y vi las camas cuchetas, pensé: “¿En qué me metí?”.
Sin embargo, hay algo que tiene el hecho de empezar de cero, de llegar nuevo a un lugar, que creo que para mí es el eje de esta vida: la búsqueda de la mayor libertad. La libertad de llegar a un lugar nuevo y permitirte ser tu mejor versión actual. ¿Cuánta gente se condiciona por miedo a lo que puede decir su familia, sus amigos o su entorno?
Hoy, con el diario del lunes y habiendo empezado de nuevo muchas (realmente muchas) veces, te puedo decir que no es imposible. Al contrario. Es liberador y superador.
¿Y por qué?
Porque si tuviste toda la vida los mismos amigos, o durante mucho tiempo el mismo trabajo, el mismo hobby o la misma rutina, encontrarte en un lugar nuevo te va a poner en una situación súper vulnerable. Vas a tener que dar el primer paso en muchas cosas y eso, a la mayoría, nos da pánico.
Pero ¿qué pasa? Somos seres de supervivencia y, tarde o temprano, vamos a conseguir lo que necesitemos. También somos seres sociales y, salvo que tengas una dificultad muy grande para relacionarte, vas a terminar encontrando gente tan chingona como vos.
Y lo más hermoso de esto es que cada vez vas encontrando personas más alineadas con las inquietudes de tu presente. Los famosos “amigos del viaje” pueden terminar siendo de los maestros más grandes que te cruces. Gente que viene viajando hace años, gente que recién empieza, gente que tampoco quiso seguir el molde y que te acompaña en este camino de vivir una vida distinta.
Todo lo demás, de a poco, va fluyendo.
Estos días estuve hablando mucho con una amiga que viene a hacer temporada al lugar donde estoy viviendo ahora. Me cagó a preguntas del tipo: “¿Compro una mochila de 30 o de 45 litros?”, “¿Qué idioma hablás ahí?”, “Me conseguí un voluntariado, ¿decís que después voy a tener que buscar otro trabajo o casa?”.
Preguntas de todo tipo.
Y me dio mucha ternura porque la entendí perfectamente. Fui ella. Y lo sigo siendo cada vez que encaro un destino nuevo.
Pero con el tiempo también fui entendiendo que, muchas veces, hay que ocuparse solamente de lo mínimo indispensable. Porque la experiencia me ha demostrado que gran parte de lo demás se termina resolviendo solo. Y que la vida, muchas veces, tiene planes que vos ni imaginás.
Entregarse un poco a Dios —o a la vida, o al universo, llamalo como quieras— de vez en cuando no viene nada mal.
Porque la vida también se trata de eso: de confiar. Y sí, quizá te encuentres mudándote más seguido de lo que pensabas. Quizá cambiando de trabajo constantemente o trabajando de cosas que jamás imaginaste.
Por momentos te vas a frustrar pensando:
“Pucha… ¿estudié siete (ocho, nueve,diez) años para estar limpiando este inodoro?”
Pero la verdad es que limpiar ese inodoro, con presencia, puede enseñarte mucho más que algunos docentes. Confirmo.
Con casi siete años de viaje encima, no dejo de sentirme orgullosa de mí ni un segundo. Ponerme a prueba tan seguido me mostró las cosas que soy capaz de hacer, todo lo que el ser humano puede aguantar, la facilidad que tengo para hacer amigos, desapegarme y adaptarme.
Y también la cantidad de cosas que me gustaban… y ni siquiera sabía.
Empezar una vida desde cero puede ser muy desafiante, pero no tengo dudas de que te vas a sorprender con la cantidad de vidas que podés crear, la cantidad de veces que podés reinventarte y cuántas familias te van a adoptar, dispuestas a apoyarte y acompañarte.
Siempre cuento que, para mí, cada lugar en el que viví es como un capítulo de mi vida, donde me permití ser una persona distinta de acuerdo con lo que necesitaba aprender en ese momento.
Y vos…
¿Cuántas vidas estás dispuesto a vivir?
Del dicho al hecho hay un “A la verga todo” en el medio.
Estoy segura de que no soy la única en experimentar ese momento en el que hacés algo y pensás:
“Yo podría hacer esto toda la vida”.
“Yo podría vivir acá”.
“Yo podría dedicarme a esto”.
Son esas cosas que nos generan mucha felicidad, mucha paz y que, muchas veces, dejamos ahí, como una anécdota de vacaciones.
Sin embargo, lo que —desde mi punto de vista— sucede en ese momento es un llamado de atención. Ahí hay algo interesante, algo que te gusta, que te mueve, que te saca de la materia un rato y te mete en el famoso flow. Esas cosas que hacés y se te pasa el tiempo volando. Ahí hay algo que está pidiendo tu atención.
¿Qué pasaría si atendiésemos más esos llamados? ¿Cómo sería tu vida si alimentases esa parte que hace que tu corazón baile y se sienta en paz o feliz?
Porque algunas cosas pueden ser solo por el momento. Algo que sucedió una vez, en una situación aislada, con una compañía en particular. Como volar en parapente en Ecuador, cantar a los gritos con los ojos cerrados en un kirtan en la India, hacer snorkel en una playa de Italia (ay, qué viajada esha) o ir con una amiga a una noche de vino y pintura.
¿Pero… y si eso era una muestra gratis de tu pasión? ¿De algo que te llena el alma? Mucha gente sin saber qué le gusta o cuál es su pasión pero cuando hacen algo que les da paz o felicidad no lo hacen mas xD.
Bueno, algo así fue lo que me pasó en mi tercera o cuarta vacación a la playa.
Tengo la suerte de vacacionar en la playa desde que soy chica. Aunque no nací en el mar, siempre estuvo ahí como sinónimo de vacaciones, disfrute, familia, compartir, relaje.
Al principio eran mis viejos los que me llevaban. Recuerdo ese insólito verano millonario en el que mi mamá nos llevó 15 días y después nos quedamos 15 días más con mi papá. Un lujazo… pasar un mes en la costa era cosa seria.
Cuando alcancé la edad adulta, esa edad en la que vos mismo elegís adónde querés vacacionar, seguí eligiendo la playa como mi lugar de desconexión. Empecé a conocer playas cada vez más increíbles, frutas cada vez más deliciosas, paisajes cada vez más insolitos y coloridos.
Y siempre, en los últimos días, me encontraba diciendo:
“Yo podría tranquilamente vivir en un lugar así”.
“¿Cómo llamo al laburo para decir: ‘¿saben qué? No vuelvo más, me quedo acá’?”
(Esta última seguro que te suena).
Con el correr del tiempo, empecé a ver casos reales muy de cerca. Conocidos que tenían una vida similar a la mía hasta entonces, vendían todo y se iban a vivir a algún lugar con playita. Gente que ponía su vida en pausa… y le daba play a su viaje. Mucho viajecito por Sudamérica. Mucho “Tal se fue de viaje y se quedó viviendo en tal lugar”.
Entonces esa idea “aislada” empezó a abrirse como una posibilidad real. Y así fue como nació el sueño hippie: ¿Será que vivir en la playa es realmente posible?
Hace seis años que vivo en lugares con playa y hoy no me imagino la vida lejos del mar. Desde el Pacífico hasta el Mediterráneo. Con el atardecer cayendo sobre el agua o a mis espaldas, con distintos tonos de azul, arenas más gruesas o más finas, con más o menos olas, pero siempre con la piel salada.
*
Tu vida es, y será siempre, el resultado de cada decisión que tomás. Cada decisión a lo largo del día, a lo largo del próximo minuto. A veces es más fácil, a veces más difícil, pero siempre estamos eligiendo la vida que queremos vivir. Lo que pasa es que la mayoría de la gente no lo sabe.
Hay muchas cosas que no sabemos. Muchas vidas que no sabemos que son posibles simplemente porque no tenemos la información.
Si no sabés que podés vivir en otro país, ¿cómo vas a siquiera pensar en irte de tu pueblo?
Si no sabés que podés emprender y no trabajar para otro, ¿cómo vas a desarrollar esa idea millonaria que tuviste un día?
Si no sabés que podés trabajar seis meses a cambio de casa y comida y viajar otros seis, ¿cómo cambias la búsqueda de alquiler por la de un trabajo así?
Si no sabés que hay países que te pagan por estudiar su idioma, ¿cómo vas a soñarlo?
Y así, infinitamente.
Hay un mundo súper vasto y lleno de posibilidades y, sin embargo, ahí vamos muchos repitiendo lo mismo: estudiar una carrera, trabajar para otro, ganar un sueldo fijo, tener hijos, comprar una casa, esperar los fines de semana hasta llegar a la jubilación.
Obviamente estoy generalizando. Y exagerando un poco también.
Pero es la realidad de muchos. De demasiados.
En resumen, lo que quiero decirte hoy es esto: hay un modo de hacer las cosas distinto. Y empieza separándote del montón, saliendo del ruido de la diaria y del peso de la corriente.
Conociéndote. Preguntándote en qué sos bueno, qué te gusta hacer. Haciéndolo. Sumando horas de práctica. Formándote si hace falta y confiando en lo que aún no ves.
No digo que no estudies. No digo que no trabajes.
Digo que no lo dejes para “algún día”.
Armate un plan si lo necesitás. Hacete una transición si eso te da seguridad.
Pero mandá a la verga todo lo que no te gusta de tu vida…
y toma acción
Bren.
a ver qué hay ahí afuera…
17 de abril de 2026 - Mallorca, España.
Me acomodo en un espacio de mi nuevo hogar; mate en mano, abro la compu. Estoy lista. Vengo a escribir cómo fue que llegué acá. Ahí les va >
Nacida y crecida en la jungla de cemento llamada Buenos Aires. De padres de clase media, laburantes e inmigrantes (sí, el nomadismo es una de las pocas cosas que heredé).
El primer movimiento “drástico” fue alrededor de mis 14 años. Con mi vieja y mis hermanos nos acabábamos de mudar de una punta de la ciudad a la otra y mis padres no tuvieron la mejor idea que darnos la elección de seguir yendo al mismo colegio, así que con mi melli, a los 15 años, viajábamos una hora para ir al colegio, a través de dos colectivos. Pero no quiero que suene a queja; eso nos dio bastante calle y aún más movimiento.
Algunos años más tarde, terminando el primer año facultativo (el famoso CBC), año que me regalaron mis padres para solo estudiar, fui al último final llorando y pensando: Esto no es para mí.
Así iniciaba el primer terremoto de mi vida que vendría a cambiar absolutamente todo. Ya llevaba un año de terapia con la genia de Marita (qué hermoso sería que pudieses leer esto). Cambié mi carrera de Derecho por Diseño de Indumentaria, al mismo tiempo que terminaba una relación de seis años.
Empecé a salir y a moverme mucho de noche, pero de día era igual de productiva: trabajo, facultad, gimnasio, compras, moda, excesos, bla. Vivía una vida que me gustaba, donde yo le gustaba al mundo, pero esa vida me salía cara. Cada vez más.
La vida sin conciencia te lleva en una vorágine que, mientras no pares, podes sostener. Pero cuando te detenes un segundo y empezas a mirar lo que te pasa, ya no hay manera de escapar. Ser consciente significa darte cuenta de que hay cosas en tu vida que no están bien y que, tarde o temprano, vas a tener que atenderlas. Y no todos quieren eso.
La joda es divertida hasta que empezás a tener el bajón del lunes, que después se convierte en bajón de lunes y martes, y así…
Y ahí fue como toda una vida heteronormativa, vacía y poco saludable se empezó a desmoronar, justo a tiempo para coincidir con mis finanzas.
De pronto ya no pude sostener el departamento en Belgrano; luego saqué un préstamo para pagar el otro préstamo para pagar la tarjeta; de pronto en la facultad no me iba bien; de pronto mis amigas se alejaban de mí; de pronto ya no me hablaba ni con mi mamá, a la vez que le tocaba la puerta para volver a su casa; de pronto me echaban del trabajo que “tanto deseé” porque ya no podía ni pisar el lugar. De pronto el conteo llegó a cero y la bomba explotó. Spoiler: Sería la primera vez de muchas.
Acá la siguiente escena de la película sería yo escribiendo en un balcón de Belgrano (ya no mi casa, sino la de un amigo al que le iba a cuidar el gato cuando se iba de vacaciones) un primero de enero y los pajaritos cantando. La noche anterior habían pinchado las fiestas de Año Nuevo y, por primera vez después de muchos años, yo me encontraba un 1.º de enero fresca como una lechuga, a las 9 a. m., escribiendo qué deseaba para mi año.
Tuve varias veces en mi vida la posibilidad de empezar completamente de cero y puedo decir que, cuando tenés muchas opciones y no te cierra ninguna, es porque tenés que ir aún más lejos. Y en ese momento lo supe. De lo que yo conocía hasta entonces, no había nada que me llenase. Yo quería más.
Quería ser diseñadora, pero veía cosas que hacían diseñadores de afuera y pensaba: Yo no tengo la cabeza para hacer algo así, no tengo la información suficiente. Al mismo tiempo, el ruido de la ciudad me molestaba: el tránsito, la violencia, la queja constante. Llevaba casi un año haciendo yoga, experimentando el vegetarianismo y empezando a escuchar palabras como detox. Se estaba gestando una búsqueda más fuerte. Y cada vez conocía más gente que vendía sus cosas para irse a vivir al exterior.
Así que así fue. Un 1.º de enero de un poco polémico 2020 decidí que me iría a viajar como mochilera por Sudamérica, sin saber una ruta, sin saber cuánto tiempo, sin saber mucho a qué.
El 3 de enero me saqué un pasaje solo de ida a Perú.
Ahí tracé un plan. Iniciaría en febrero de 2020 e iría poco a poco subiendo hasta llegar a México. Hacer un viaje de seis meses y volver para “ver qué había ahí afuera”.
Lo que no sabía era que encontraría mucho más dentro.