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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

a ver qué hay ahí afuera…

17 de abril de 2026 - Mallorca, España.
Me acomodo en un espacio de mi nuevo hogar; mate en mano, abro la compu. Estoy lista. Vengo a escribir cómo fue que llegué acá. Ahí les va >

Nacida y crecida en la jungla de cemento llamada Buenos Aires. De padres de clase media, laburantes e inmigrantes (sí, el nomadismo es una de las pocas cosas que heredé).

El primer movimiento “drástico” fue alrededor de mis 14 años. Con mi vieja y mis hermanos nos acabábamos de mudar de una punta de la ciudad a la otra y mis padres no tuvieron la mejor idea que darnos la elección de seguir yendo al mismo colegio, así que con mi melli, a los 15 años, viajábamos una hora para ir al colegio, a través de dos colectivos. Pero no quiero que suene a queja; eso nos dio bastante calle y aún más movimiento.

Algunos años más tarde, terminando el primer año facultativo (el famoso CBC), año que me regalaron mis padres para solo estudiar, fui al último final llorando y pensando: Esto no es para mí.

Así iniciaba el primer terremoto de mi vida que vendría a cambiar absolutamente todo. Ya llevaba un año de terapia con la genia de Marita (qué hermoso sería que pudieses leer esto). Cambié mi carrera de Derecho por Diseño de Indumentaria, al mismo tiempo que terminaba una relación de seis años.

Empecé a salir y a moverme mucho de noche, pero de día era igual de productiva: trabajo, facultad, gimnasio, compras, moda, excesos, bla. Vivía una vida que me gustaba, donde yo le gustaba al mundo, pero esa vida me salía cara. Cada vez más.

La vida sin conciencia te lleva en una vorágine que, mientras no pares, podes sostener. Pero cuando te detenes un segundo y empezas a mirar lo que te pasa, ya no hay manera de escapar. Ser consciente significa darte cuenta de que hay cosas en tu vida que no están bien y que, tarde o temprano, vas a tener que atenderlas. Y no todos quieren eso.

La joda es divertida hasta que empezás a tener el bajón del lunes, que después se convierte en bajón de lunes y martes, y así…

Y ahí fue como toda una vida heteronormativa, vacía y poco saludable se empezó a desmoronar, justo a tiempo para coincidir con mis finanzas.

De pronto ya no pude sostener el departamento en Belgrano; luego saqué un préstamo para pagar el otro préstamo para pagar la tarjeta; de pronto en la facultad no me iba bien; de pronto mis amigas se alejaban de mí; de pronto ya no me hablaba ni con mi mamá, a la vez que le tocaba la puerta para volver a su casa; de pronto me echaban del trabajo que “tanto deseé” porque ya no podía ni pisar el lugar. De pronto el conteo llegó a cero y la bomba explotó. Spoiler: Sería la primera vez de muchas.

Acá la siguiente escena de la película sería yo escribiendo en un balcón de Belgrano (ya no mi casa, sino la de un amigo al que le iba a cuidar el gato cuando se iba de vacaciones) un primero de enero y los pajaritos cantando. La noche anterior habían pinchado las fiestas de Año Nuevo y, por primera vez después de muchos años, yo me encontraba un 1.º de enero fresca como una lechuga, a las 9 a. m., escribiendo qué deseaba para mi año.

Tuve varias veces en mi vida la posibilidad de empezar completamente de cero y puedo decir que, cuando tenés muchas opciones y no te cierra ninguna, es porque tenés que ir aún más lejos. Y en ese momento lo supe. De lo que yo conocía hasta entonces, no había nada que me llenase. Yo quería más.

Quería ser diseñadora, pero veía cosas que hacían diseñadores de afuera y pensaba: Yo no tengo la cabeza para hacer algo así, no tengo la información suficiente. Al mismo tiempo, el ruido de la ciudad me molestaba: el tránsito, la violencia, la queja constante. Llevaba casi un año haciendo yoga, experimentando el vegetarianismo y empezando a escuchar palabras como detox. Se estaba gestando una búsqueda más fuerte. Y cada vez conocía más gente que vendía sus cosas para irse a vivir al exterior.

Así que así fue. Un 1.º de enero de un poco polémico 2020 decidí que me iría a viajar como mochilera por Sudamérica, sin saber una ruta, sin saber cuánto tiempo, sin saber mucho a qué.

El 3 de enero me saqué un pasaje solo de ida a Perú.

Ahí tracé un plan. Iniciaría en febrero de 2020 e iría poco a poco subiendo hasta llegar a México. Hacer un viaje de seis meses y volver para “ver qué había ahí afuera”.

Lo que no sabía era que encontraría mucho más dentro.

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