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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

Corrí tan rápido que pasé por al lado de la zanahoria y ni la vi.

No sé si todo tiempo pasado fue mejor porque me tocó vivir en este tiempo presente.

Se dice que estos tiempos son difíciles. También se dice que en estos tiempos tenemos todo muy fácil. Entonces, ¿es más fácil o es más difícil? ¿Es mejor o es peor? ¿Somos más fuertes o nos fuimos convirtiendo cada vez más débiles?

Hoy escribo desde la ansiedad. Esa ansiedad que habita en mí y seguramente en vos, que estás leyendo esto, y en muchas personas que conozcas.

¿Qué pasa hoy que nada alcanza? ¿Hacia dónde estamos corriendo todos? ¿Por qué el placer se volvió tan intenso y corto? ¿Alguien siquiera notó que los momentos de tranquilidad se tiñeron de la más amenazante sensación de que hay algo que no estoy haciendo, algo que me estoy perdiendo, algún estándar que no estoy cumpliendo?

¿Qué mierda pasa que no puedo tirarme a mirar el cielo sin parar de pensar? Sin sentir que el mundo me aplasta y me corre, y quiero dejar de correr, pero de alguna manera no sé cómo.

A todas estas preguntas podría encontrarles una respuesta en menos de 15 segundos. Si abro alguna red social o si le pregunto a nuestro amigo GPT, encontraría MUCHAS respuestas, posiblemente a la misma pregunta.

Pero, ¿qué de todo eso es la verdad?

TANTA información nos está limando el cerebro. Tenemos tantas opciones hoy en día que nada alcanza. Crecimos creyendo que las cosas eran de cierta manera y nos dieron el regalo de cuestionarlo todo. Ese regalo se convirtió en un arma de doble filo.

¿Qué es real? ¿Qué es correcto? Cada vez se abren más interrogantes. No hay mucha claridad; hay que estar muy centrado pa no flaquear.

Hablo con amigas que viven en el lugar donde nací y tienen vidas un poco más “estables” y “normativas”, llamémosle, que de algún modo, al llegar a un objetivo, se sienten en el borde del abismo, como diciendo: ¿y ahora qué?

Hablo con la gente que me rodea, que tiene una vida menos estable y donde la duda se presenta casi a diario, y muchos tienen estas preguntas: ¿qué voy a hacer después de este verano? ¿A dónde voy a ir? ¿Voy a seguir viajando? ¿Voy a volver a mi país natal? ¿De qué voy a trabajar? ¿Cómo salgo de este círculo de viajero?

Y ellos sienten lo mismo: no saben qué hacer.

Insisto, ¿por qué corremos? ¿Y hacia dónde? ¿contra quién competimos?

En mi experiencia, yo caí en este juego también.

Una de las últimas terapeutas que tuve me llegó a decir:

“Es que Brenda, en 32 años ya has vivido muchas vidas, es normal que te sientas aburrida. ¿Y qué tal encarar el proyecto de la familia?” Jjja. Triste, pero cierto.

Pareciera ser que las opciones para esta vida son ser una soltera aventurera o una tipa de familia.

Ya he dicho varias veces que nunca planeé que mi vida fuese como viene siendo. La curiosidad me ha llevado a distintos puertos. Estoy muy orgullosa de todas las cosas hechas hasta hoy, que iba a enumerar, pero sería contradictorio a este texto.

Sin embargo, habiendo vivido tantas cosas tan diversas, aún hoy tengo momentos en donde digo: ¿Y ahora qué?, ¿Y ahora qué voy a hacer?, ¿Y ahora a qué me voy a dedicar?, ¿ahora dónde voy a vivir?, ¿de qué sirvió todo esto?, ¿Y AHORA QUÉ?

Y es que sí, la vida se volvió tan frenética que cuesta frenarla.

Estos últimos meses decidí frenar mi viaje por un tiempo. Tenía pensado ir a Australia, pero me empecé a cuestionar todo esto. Mi cabeza hoy no resiste otro movimiento tan brusco. Entonces me pregunto, ¿de dónde viene esa necesidad de acumular?

Ta... Nuestros viejos y abuelos quizá acumulaban bienes materiales, o cosas. Nos reíamos de ellos, pero ¿ahora nosotros qué?

No creo en esa frase que dice: “No acumules cosas, sino recuerdos o experiencias”.

Bueno, dejame decirte que sin una pausa entre experiencias para que tu cuerpo, mente y alma puedan procesar la información, lo único que estás haciendo es saturarte de información, es seguir corriendo para ganar un juego que nadie gana.

Y es que sí… El problema es cuando empezamos a medir la vida por cuánto hicimos.

Yo, por mi parte, no creo necesitar una nueva bandera de mi Instagram; creo necesitar una pausa, un invierno. Me cansé de correr.

Hoy tengo ganas de quedarme quieta, de volver a mí, de sentirme a salvo en mi propio cuerpo y EN MI PROPIA CABEZA.

¿Y qué? ¿Esto significa que hay que quedarse quieto y no desear nada? No, obviamente no.

Hay que vivir con un norte y un objetivo. Te sugiero que lo hagas, que te preguntes qué querés vos realmente, cuáles son los deseos de tu alma.

Y que vayas con calma, disfrutando el camino, saboreando la vida mientras tanto.

Dios, tenemos que dejar de estar TAN PELOTUDOS.

Dejar de estar idiotizados con algo, poniendo parches de todos gustos y colores a la vida, o si no, con ansiedad.

Tiene que haber un punto justo en el medio que sea vivir con calma, siendo fiel a tus principios, a tus deseos, cuidando a los tuyos, viviendo en el presente, disfrutando de las cosas que son realmente valiosas en la vida.

Pausa para respirar.

¿Sentís que la vida te lleva puesta o estás tan subido a la moto que no te diste ni cuenta de lo despeinado que estás?

No corras más, no hay a dónde llegar en verdad.

Gracias por leerme.

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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

Sin red, este viaje (la vida) no tiene sentido

Estos años he reunido un sinnúmero de causas que pueden embellecer o empobrecer un lugar. Entre todas ellas hay una muy especial: la gente.

Acá no me refiero a viajar en grupo o a estar rodeada de gente todo el tiempo. Lejos de eso, trabajar la individualidad y aprender a estar sola es de las cosas más grandiosas y necesarias que existen.

Pero después hay una realidad: somos seres sociales. Necesitamos de otros para existir.

¿De cualquier otro? Pues no.

Y de eso tenía ganas de hablar hoy.

En este mundo tan inmenso, repleto de gente tan diversa y única, está de más aclarar que hay gente a la que le resulta más fácil encontrar una tribu, gente a la que se le hace imposible, gente que prefiere un amigo y después estar sola, gente que, con tal de no saber cómo se escucha el silencio, se adhiere a lo que sea, etcétera.

Para mí, en estos años, ha sido un poco de cada una.

Hablo incluso de cuando vivía en Argentina, que cuando finalmente encontré a mis almas gemelas, decidí partir.

Viajemos al año pasado. Puede que para mí haya sido uno de los más transformadores de mi vida. Viví demasiadas cosas, muy diversas entre sí, pero fue un año particularmente desafiante a nivel vincular.

En febrero decidí irme a Cerdeña, Italia, a trabajar una temporada de verano. Es un lugar donde se puede trabajar y, además, te dan hospedaje sin costo. Para quien planea seguir viajando, es una oportunidad espectacular.

Antes de dejar mi amada Sicilia, le pedí al universo una experiencia sin argentinos.

No porque hubiese tenido malas experiencias con ellos. Al contrario. En Sicilia había tenido algunos de los mejores grupos de amigos de todo el viaje.

Pero quería probar algo nuevo. Es en lo desconocido donde uno halla mayor expansión. Y quería una experiencia en la que solo tuviese que hablar italiano o inglés para poder mejorar los idiomas.

Mamma mía.

Ni puta idea de lo que estaba pidiendo.

Ojo, la idea estaba buena. Pero cuando ya estás llegando a una isla completamente nueva, a una casa nueva, con un trabajo nuevo, compañeros nuevos, todo nuevo... la verdad es que tomarme un matecito con alguien hubiese estado muy bueno. Pero cada uno elige el desafío que está listo para atravesar (aunque sienta que no está listo o que esta vez fue muy lejos).

El idioma lo aprendí; eso no quedan dudas. Pero fue una experiencia bastante dura estar en un lugar donde el 90 % de las personas no sabía ni qué era un mate.

Creo que al segundo día llamé a mis amigos en Sicilia para contarles, bastante angustiada, cómo me estaba yendo. Yo sentía que me miraban como un bicho raro.

Todo era nuevo, todo era distinto y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía esa red que se había ido armando durante mis últimos años de viaje.

Hasta que un día levanté el teléfono y fui a visitar a otro amigo que había hecho en Sicilia y que estaba trabajando en un pueblo cercano.

Tomamos unos mates.Y no pasó nada extraordinario.

Pero pasó todo:

Esa tranquilidad de hablar con alguien sin tener que explicar nada. Sin pensar cómo decir las cosas. Sin tener que traducir un chiste, una referencia, una costumbre.

Esa sensación tan simple de estar con alguien y sentir que, por un rato, estás en casa.

Poco a poco me fue introduciendo a su grupo de amigos. Y ahí pude hacer un equilibrio bastante hermoso: terminé la temporada rodeada de argentinos y de italianos.

Con unos tomaba birras, charlaba y hacía asaditos. Con otros compartía el trabajo, planes y salidas. Con todos compartía la playa, claro.

A mitad de temporada cambié de trabajo y la historia volvió a repetirse, pero esta vez con un grupo de italianos que eran uno mejor persona que el otro. Me incluían en sus planes, me invitaban a salir y tenían ganas de compartir conmigo.

Se los dije mil veces, pero no sé si saben real cuánta alegría le dieron a mi corazón.

Ahí entendí algo que después fui comprobando una y otra vez: más allá de la nacionalidad, de qué parte de Argentina seas o de cuál haya sido tu vida antes de viajar, hay gente que se vuelve tu hogar fuera de tu hogar.

Yo entendí que necesito de esas dos cosas para mantenerme: poder viajar sola y tener mis momentos de silencio y privacidad, como ahora que estoy escribiendo esto, pero también estar rodeada de gente que hace la vida mucho más liviana y alegre y te hace sentir un poco más cerca de casa.

No siempre encontrás a tu gente rápido.

A veces la encontrás y alguno decide seguir viaje.

A veces simplemente están atravesando etapas diferentes y dejan de caminar a tu lado.

Y eso también es parte de viajar.

Al principio del viaje era mucho más desapegada de los vínculos. Sabía que tenía la facilidad de hacer amigos nuevos donde sea que estuviese.

Pero con los años fui haciendo amistades cada vez más hermosas. Y entendí que era momento de cuidar las que ya tenía.

Las que se mueven conmigo. Las que me vuelvo a cruzar en distintos puntos del mundo. Las que se acomodan por las diferencias de horario para ponernos al día.

No todo tiene que ser nuevo todo el tiempo.

Hay vínculos que vale la pena cuidar aunque estés a miles de kilómetros.

Pero volvamos a los “amigos del viaje”… qué locura hermosa.

No conocen toda tu historia, pero resuenan con la versión que sos vos hoy. Por eso son tan eléctricos, frescos e intensos.

De pronto son tu contacto de emergencia, los que tienen tu ubicación en tiempo real, los que pueden aparecer con una birra cuando tuviste un día de trabajo agotador.

Son familia a kilómetros de distancia.

Y quizás por eso los lugares donde viví están tan atravesados por las personas que conocí en ellos.

Quizás por eso creo que el lugar lo hace la gente.

Uno puede viajar al fin del mundo si tiene una red segura donde caer.

Espero que, sea donde sea que estés, la tengas, la encuentres y la cuides.

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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

no hay expansión si no superas tus miedos.

No existe el modo de expandirse o tener una mejor vida si no trabajas tus miedos.

Llegó el momento de hablar de este tema que tanto me gusta.

Podría empezar naturalizando el hecho de que todos tenemos miedos. Habrá personas más miedosas que otras, pero todos y cada uno de nosotros tenemos alguno. Y lo más curioso que descubrí mientras conocía gente es que, en el fondo, casi todos compartimos los mismos. Cambiemos de historias, países, idiomas o estatus social: la mayoría teme no ser amada, no pertenecer, no tener dinero, ser abandonada, no ser suficiente, no conseguir la felicidad o perderla una vez alcanzada.

El miedo no es siempre malo. El problema es no saber distinguir entre miedos reales (tipo peligro de muerte) y miedos secundarios, cargados de creencias, limitaciones o ignorancia. De estos quiero hablar hoy.

Todos, en algún momento, estamos cómodos con algo en nuestras vidas. La comodidad es ese punto al que se llega cuando algo que un día hicimos por primera vez lo repetimos tantas veces que se vuelve natural. Como caminar, manejar, hacer el amor, etc.

Ahora te invito a que pienses en la primera vez que hiciste algo que te daba MUCHO MIEDO. Puede ser manejar, tu primer día de trabajo, tu primera cita con alguien con quien después saliste, la primera vez que hablaste en público. Lo que sea que hoy haces con naturalidad, pero que al principio te parecía imposible.

Ese miedito, esa ansiedad, ese cagazo inicial aparecen porque es algo que nunca hicimos antes y NO SABEMOS QUÉ PUEDE PASAR si le damos play.

Entonces ahí tu cabeza empieza:"Mirá que ni idea qué pasa después de acá, eh."; "Donde pises el acelerador quizá se te apaga el auto o atropeyas a alguien."; "¿Y si publicás ese video y se ríen de vos?"; "¿Quién sos vos para hablar de eso?"; "¿Posta la vas a invitar a salir? ¿Y si te dice que no?"

Y así... infinito.

El problema aparece cuando ese miedo, que compartimos casi todos, deja de ser una emoción pasajera y se convierte en un patrón. Cuando se apodera lo suficiente de vos como para dejarte paralizado y no poder avanzar.

Todos venimos con historias. Con creencias heredadas de nuestra familia, de la sociedad en la que crecimos y de la gente que nos rodeó.

¿Por qué hablo tanto de esto?

Porque yo estuve presa de mis creencias por mucho tiempo.

Muchas veces quedé paralizada por el miedo. Me costó muchísimo tiempo percibirme de maneras positivas y animarme a mostrarme como realmente era.

Con el tiempo empecé a desarrollar conciencia. A notar patrones. A reconocer mis miedos. Y, de a poco, a ir por cosas que jamás creí que haría.

Nunca me voy a olvidar del momento en el que saqué el pasaje para empezar mi viaje allá por el 2020.

Un pasaje solo de ida a Perú (porque era el más barato).

Lo saqué sin pensarlo y sentí una alegría enorme.

Ahora... cuando empecé a planificar el viaje, cuando vi dónde llegaba y todo lo que iba a hacer, ahí el pánico entró a la sala y emepcé: "¿Qué hice?";"¿Estoy loca?"; "¿Voy a hacer este viaje sola?"; "¿Con tan poca plata?", etc, etc, etc.

¿El viaje lo hice?

Sí. Estoy escribiendo esto seis años y medio después, habiendo pasado por nueve países.

¿Sabía qué estaba haciendo?

No. Realmente no tenía ni puta idea de nada.

¿Pensaba que iba a hacer todo lo que hice?

Obvio que no. Yo ni siquiera sabía que existían muchas de las cosas que terminaron pasando.

Incluso el primer viaje en avión no fue idea mía. Yo no sabía que podía irme a otros lugares, que podía salir de Argentina, que había lugares tan hermosos en el mundo. No tenía esa información en mi familia ni en mi círculo.

Y creo que esa es una de las cosas más lindas que me regalaron los viajes.

Las cosas que me fueron pasando fueron ampliando mi mapa. Siempre digo que mi viaje se fue expandiendo a la par de mi conciencia. A medida que aparecían nuevas posibilidades, también iban cayéndose muchas de mis creencias, iba venciendo nuevos miedos y animándome a ir un poco más lejos.

He tenido la suerte de conocer historias de gente a la que le pasaron cosas insólitas simplemente porque estaba abierta a que pasaran. Porque no tenía un miedo o una creencia diciéndole todo el tiempo: “No podés hacerlo."

Hace poco me ofrecieron empezar a dar clases de yoga en inglés en un hotel de Mallorca.

Los que me conocen saben que estuve AÑOS mambeada con el inglés. No me creía capaz de hablarlo y exponerme con otras personas.

Esta vez dije que sí sin pensarlo.

Es un desafío personal que me puse hace no mucho de empezar a decir que sí a las oportunidades antes de dejar que el miedo decidiera por mí y me dijese que no estoy lista.

Cinco minutos después apareció el pánico.

Un montón de pensamientos empezaron a decirme que efectivamente no estaba lista.

Pero, a diferencia de otros momentos de mi vida, les di las gracias por intentar cuidarme y les dije que igual lo iba a hacer.

Y así ando ahora por la vida.

Atravesando cada desafío que se me cruza, agradeciendo lo que me llega y pidiendo más.

Más de eso.

Y más de todo lo que todavía no conozco, pero sé que también está ahí.

Porque entendí que la vida tiene infinitamente más de lo que hoy soy capaz de imaginar. Y, si tengo que vivirlo para descubrirlo, entonces lo espero y me entrego.

Y vos? Te imaginás qué vida podrías tener si moves tus limitaciones un poco más lejos y te animas a ir por eso que tanto deseas?

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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

Empezar una vida desde cero… Fantasía o realidad?

La pregunta del millón: ¿cómo hacés para empezar una vida desde cero en un lugar nuevo?

Si para muchos ya es difícil imaginar dejar (casi) toda su vida, mucho más difícil les resulta imaginar cómo empezar una completamente de cero.

¿Cómo voy a conseguir trabajo?
¿Cómo voy a hacer amigos?
¿Voy a seguir haciendo las cosas que me gustan?
¿Me voy a adaptar a la comida? ¿Al idioma? ¿Al clima? ¿A la gente?

Mil preguntas que incomodan cuando uno sabe qué es lo que le gusta de su vida y no quiere perderlo.

No voy a mentir: da miedo. Y con razón.

Llegar nuevo a un lugar, sobre todo si llegaste solo o no conocés a nadie, es áspero.

Me acuerdo cuando llegué sola al primer hostel en Perú. Me indicaron mi habitación y, hasta ahí, venía fingiendo relaje y normalidad. Pero una vez que entré a la habitación compartida y vi las camas cuchetas, pensé: “¿En qué me metí?”.

Sin embargo, hay algo que tiene el hecho de empezar de cero, de llegar nuevo a un lugar, que creo que para mí es el eje de esta vida: la búsqueda de la mayor libertad. La libertad de llegar a un lugar nuevo y permitirte ser tu mejor versión actual. ¿Cuánta gente se condiciona por miedo a lo que puede decir su familia, sus amigos o su entorno?

Hoy, con el diario del lunes y habiendo empezado de nuevo muchas (realmente muchas) veces, te puedo decir que no es imposible. Al contrario. Es liberador y superador.

¿Y por qué?

Porque si tuviste toda la vida los mismos amigos, o durante mucho tiempo el mismo trabajo, el mismo hobby o la misma rutina, encontrarte en un lugar nuevo te va a poner en una situación súper vulnerable. Vas a tener que dar el primer paso en muchas cosas y eso, a la mayoría, nos da pánico.

Pero ¿qué pasa? Somos seres de supervivencia y, tarde o temprano, vamos a conseguir lo que necesitemos. También somos seres sociales y, salvo que tengas una dificultad muy grande para relacionarte, vas a terminar encontrando gente tan chingona como vos.

Y lo más hermoso de esto es que cada vez vas encontrando personas más alineadas con las inquietudes de tu presente. Los famosos “amigos del viaje” pueden terminar siendo de los maestros más grandes que te cruces. Gente que viene viajando hace años, gente que recién empieza, gente que tampoco quiso seguir el molde y que te acompaña en este camino de vivir una vida distinta.

Todo lo demás, de a poco, va fluyendo.

Estos días estuve hablando mucho con una amiga que viene a hacer temporada al lugar donde estoy viviendo ahora. Me cagó a preguntas del tipo: “¿Compro una mochila de 30 o de 45 litros?”, “¿Qué idioma hablás ahí?”, “Me conseguí un voluntariado, ¿decís que después voy a tener que buscar otro trabajo o casa?”.

Preguntas de todo tipo.

Y me dio mucha ternura porque la entendí perfectamente. Fui ella. Y lo sigo siendo cada vez que encaro un destino nuevo.

Pero con el tiempo también fui entendiendo que, muchas veces, hay que ocuparse solamente de lo mínimo indispensable. Porque la experiencia me ha demostrado que gran parte de lo demás se termina resolviendo solo. Y que la vida, muchas veces, tiene planes que vos ni imaginás.

Entregarse un poco a Dios —o a la vida, o al universo, llamalo como quieras— de vez en cuando no viene nada mal.

Porque la vida también se trata de eso: de confiar. Y sí, quizá te encuentres mudándote más seguido de lo que pensabas. Quizá cambiando de trabajo constantemente o trabajando de cosas que jamás imaginaste.

Por momentos te vas a frustrar pensando:

“Pucha… ¿estudié siete (ocho, nueve,diez) años para estar limpiando este inodoro?”

Pero la verdad es que limpiar ese inodoro, con presencia, puede enseñarte mucho más que algunos docentes. Confirmo.

Con casi siete años de viaje encima, no dejo de sentirme orgullosa de mí ni un segundo. Ponerme a prueba tan seguido me mostró las cosas que soy capaz de hacer, todo lo que el ser humano puede aguantar, la facilidad que tengo para hacer amigos, desapegarme y adaptarme.

Y también la cantidad de cosas que me gustaban… y ni siquiera sabía.

Empezar una vida desde cero puede ser muy desafiante, pero no tengo dudas de que te vas a sorprender con la cantidad de vidas que podés crear, la cantidad de veces que podés reinventarte y cuántas familias te van a adoptar, dispuestas a apoyarte y acompañarte.

Siempre cuento que, para mí, cada lugar en el que viví es como un capítulo de mi vida, donde me permití ser una persona distinta de acuerdo con lo que necesitaba aprender en ese momento.

Y vos…

¿Cuántas vidas estás dispuesto a vivir?

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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

Del dicho al hecho hay un “A la verga todo” en el medio.

Estoy segura de que no soy la única en experimentar ese momento en el que hacés algo y pensás:
“Yo podría hacer esto toda la vida”.
“Yo podría vivir acá”.
“Yo podría dedicarme a esto”.

Son esas cosas que nos generan mucha felicidad, mucha paz y que, muchas veces, dejamos ahí, como una anécdota de vacaciones.

Sin embargo, lo que —desde mi punto de vista— sucede en ese momento es un llamado de atención. Ahí hay algo interesante, algo que te gusta, que te mueve, que te saca de la materia un rato y te mete en el famoso flow. Esas cosas que hacés y se te pasa el tiempo volando. Ahí hay algo que está pidiendo tu atención.

¿Qué pasaría si atendiésemos más esos llamados? ¿Cómo sería tu vida si alimentases esa parte que hace que tu corazón baile y se sienta en paz o feliz?

Porque algunas cosas pueden ser solo por el momento. Algo que sucedió una vez, en una situación aislada, con una compañía en particular. Como volar en parapente en Ecuador, cantar a los gritos con los ojos cerrados en un kirtan en la India, hacer snorkel en una playa de Italia (ay, qué viajada esha) o ir con una amiga a una noche de vino y pintura.

¿Pero… y si eso era una muestra gratis de tu pasión? ¿De algo que te llena el alma? Mucha gente sin saber qué le gusta o cuál es su pasión pero cuando hacen algo que les da paz o felicidad no lo hacen mas xD.

Bueno, algo así fue lo que me pasó en mi tercera o cuarta vacación a la playa.

Tengo la suerte de vacacionar en la playa desde que soy chica. Aunque no nací en el mar, siempre estuvo ahí como sinónimo de vacaciones, disfrute, familia, compartir, relaje.

Al principio eran mis viejos los que me llevaban. Recuerdo ese insólito verano millonario en el que mi mamá nos llevó 15 días y después nos quedamos 15 días más con mi papá. Un lujazo… pasar un mes en la costa era cosa seria.

Cuando alcancé la edad adulta, esa edad en la que vos mismo elegís adónde querés vacacionar, seguí eligiendo la playa como mi lugar de desconexión. Empecé a conocer playas cada vez más increíbles, frutas cada vez más deliciosas, paisajes cada vez más insolitos y coloridos.

Y siempre, en los últimos días, me encontraba diciendo:

“Yo podría tranquilamente vivir en un lugar así”.

“¿Cómo llamo al laburo para decir: ‘¿saben qué? No vuelvo más, me quedo acá’?”
(Esta última seguro que te suena).

Con el correr del tiempo, empecé a ver casos reales muy de cerca. Conocidos que tenían una vida similar a la mía hasta entonces, vendían todo y se iban a vivir a algún lugar con playita. Gente que ponía su vida en pausa… y le daba play a su viaje. Mucho viajecito por Sudamérica. Mucho “Tal se fue de viaje y se quedó viviendo en tal lugar”. 

Entonces esa idea “aislada” empezó a abrirse como una posibilidad real. Y así fue como nació el sueño hippie: ¿Será que vivir en la playa es realmente posible?

Hace seis años que vivo en lugares con playa y hoy no me imagino la vida lejos del mar. Desde el Pacífico hasta el Mediterráneo. Con el atardecer cayendo sobre el agua o a mis espaldas, con distintos tonos de azul, arenas más gruesas o más finas, con más o menos olas, pero siempre con la piel salada.

*

Tu vida es, y será siempre, el resultado de cada decisión que tomás. Cada decisión a lo largo del día, a lo largo del próximo minuto. A veces es más fácil, a veces más difícil, pero siempre estamos eligiendo la vida que queremos vivir. Lo que pasa es que la mayoría de la gente no lo sabe.

Hay muchas cosas que no sabemos. Muchas vidas que no sabemos que son posibles simplemente porque no tenemos la información.


Si no sabés que podés vivir en otro país, ¿cómo vas a siquiera pensar en irte de tu pueblo?
Si no sabés que podés emprender y no trabajar para otro, ¿cómo vas a desarrollar esa idea millonaria que tuviste un día?
Si no sabés que podés trabajar seis meses a cambio de casa y comida y viajar otros seis, ¿cómo cambias la búsqueda de alquiler por la de un trabajo así?
Si no sabés que hay países que te pagan por estudiar su idioma, ¿cómo vas a soñarlo?

Y así, infinitamente.

Hay un mundo súper vasto y lleno de posibilidades y, sin embargo, ahí vamos muchos repitiendo lo mismo: estudiar una carrera, trabajar para otro, ganar un sueldo fijo, tener hijos, comprar una casa, esperar los fines de semana hasta llegar a la jubilación.

Obviamente estoy generalizando. Y exagerando un poco también.

Pero es la realidad de muchos. De demasiados.

En resumen, lo que quiero decirte hoy es esto: hay un modo de hacer las cosas distinto. Y empieza separándote del montón, saliendo del ruido de la diaria y del peso de la corriente.

Conociéndote. Preguntándote en qué sos bueno, qué te gusta hacer. Haciéndolo. Sumando horas de práctica. Formándote si hace falta y confiando en lo que aún no ves.

No digo que no estudies. No digo que no trabajes.

Digo que no lo dejes para “algún día”.

Armate un plan si lo necesitás. Hacete una transición si eso te da seguridad.

Pero mandá a la verga todo lo que no te gusta de tu vida…
y toma acción

Bren.

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Brenda Marcogliese Brenda Marcogliese

a ver qué hay ahí afuera…

17 de abril de 2026 - Mallorca, España.
Me acomodo en un espacio de mi nuevo hogar; mate en mano, abro la compu. Estoy lista. Vengo a escribir cómo fue que llegué acá. Ahí les va >

Nacida y crecida en la jungla de cemento llamada Buenos Aires. De padres de clase media, laburantes e inmigrantes (sí, el nomadismo es una de las pocas cosas que heredé).

El primer movimiento “drástico” fue alrededor de mis 14 años. Con mi vieja y mis hermanos nos acabábamos de mudar de una punta de la ciudad a la otra y mis padres no tuvieron la mejor idea que darnos la elección de seguir yendo al mismo colegio, así que con mi melli, a los 15 años, viajábamos una hora para ir al colegio, a través de dos colectivos. Pero no quiero que suene a queja; eso nos dio bastante calle y aún más movimiento.

Algunos años más tarde, terminando el primer año facultativo (el famoso CBC), año que me regalaron mis padres para solo estudiar, fui al último final llorando y pensando: Esto no es para mí.

Así iniciaba el primer terremoto de mi vida que vendría a cambiar absolutamente todo. Ya llevaba un año de terapia con la genia de Marita (qué hermoso sería que pudieses leer esto). Cambié mi carrera de Derecho por Diseño de Indumentaria, al mismo tiempo que terminaba una relación de seis años.

Empecé a salir y a moverme mucho de noche, pero de día era igual de productiva: trabajo, facultad, gimnasio, compras, moda, excesos, bla. Vivía una vida que me gustaba, donde yo le gustaba al mundo, pero esa vida me salía cara. Cada vez más.

La vida sin conciencia te lleva en una vorágine que, mientras no pares, podes sostener. Pero cuando te detenes un segundo y empezas a mirar lo que te pasa, ya no hay manera de escapar. Ser consciente significa darte cuenta de que hay cosas en tu vida que no están bien y que, tarde o temprano, vas a tener que atenderlas. Y no todos quieren eso.

La joda es divertida hasta que empezás a tener el bajón del lunes, que después se convierte en bajón de lunes y martes, y así…

Y ahí fue como toda una vida heteronormativa, vacía y poco saludable se empezó a desmoronar, justo a tiempo para coincidir con mis finanzas.

De pronto ya no pude sostener el departamento en Belgrano; luego saqué un préstamo para pagar el otro préstamo para pagar la tarjeta; de pronto en la facultad no me iba bien; de pronto mis amigas se alejaban de mí; de pronto ya no me hablaba ni con mi mamá, a la vez que le tocaba la puerta para volver a su casa; de pronto me echaban del trabajo que “tanto deseé” porque ya no podía ni pisar el lugar. De pronto el conteo llegó a cero y la bomba explotó. Spoiler: Sería la primera vez de muchas.

Acá la siguiente escena de la película sería yo escribiendo en un balcón de Belgrano (ya no mi casa, sino la de un amigo al que le iba a cuidar el gato cuando se iba de vacaciones) un primero de enero y los pajaritos cantando. La noche anterior habían pinchado las fiestas de Año Nuevo y, por primera vez después de muchos años, yo me encontraba un 1.º de enero fresca como una lechuga, a las 9 a. m., escribiendo qué deseaba para mi año.

Tuve varias veces en mi vida la posibilidad de empezar completamente de cero y puedo decir que, cuando tenés muchas opciones y no te cierra ninguna, es porque tenés que ir aún más lejos. Y en ese momento lo supe. De lo que yo conocía hasta entonces, no había nada que me llenase. Yo quería más.

Quería ser diseñadora, pero veía cosas que hacían diseñadores de afuera y pensaba: Yo no tengo la cabeza para hacer algo así, no tengo la información suficiente. Al mismo tiempo, el ruido de la ciudad me molestaba: el tránsito, la violencia, la queja constante. Llevaba casi un año haciendo yoga, experimentando el vegetarianismo y empezando a escuchar palabras como detox. Se estaba gestando una búsqueda más fuerte. Y cada vez conocía más gente que vendía sus cosas para irse a vivir al exterior.

Así que así fue. Un 1.º de enero de un poco polémico 2020 decidí que me iría a viajar como mochilera por Sudamérica, sin saber una ruta, sin saber cuánto tiempo, sin saber mucho a qué.

El 3 de enero me saqué un pasaje solo de ida a Perú.

Ahí tracé un plan. Iniciaría en febrero de 2020 e iría poco a poco subiendo hasta llegar a México. Hacer un viaje de seis meses y volver para “ver qué había ahí afuera”.

Lo que no sabía era que encontraría mucho más dentro.

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